Con el inicio de la primavera vuelve uno de esos gestos que repetimos año tras año casi sin pensarlo: adelantar el reloj para dar la bienvenida al horario de verano. Esta vez será en la madrugada del domingo 29 de marzo. A las 02:00 pasarán a ser las 03:00 en la península y Baleares; en Canarias, el salto será de 01:00 a 02:00.
Perderemos una hora de sueño, sí, pero a cambio las tardes empezarán a alargarse y la luz se quedará un poco más con nosotros, como si el día tuviera ganas de acompañarnos.
Por qué seguimos cambiando la hora
Aunque hoy lo vivimos como un trámite más, el cambio de hora tiene una historia que se remonta a más de un siglo atrás. Nació como una forma de aprovechar mejor la luz natural y ahorrar energía en tiempos difíciles. En España se consolidó en los años setenta, en plena crisis del petróleo y desde entonces se ha mantenido como una especie de tradición moderna que repetimos dos veces al año sin darle demasiadas vueltas.
A finales de los años noventa, la Unión Europea decidió unificar criterios y fijó dos fechas comunes para todos los países: el último domingo de marzo y el último domingo de octubre. Desde entonces, el sistema apenas ha cambiado aunque el ahorro energético que lo justificó en su día ya no está tan claro. Con tecnologías más eficientes y hábitos distintos, muchos expertos coinciden en que el impacto actual es bastante limitado.
¿Será uno de los últimos cambios?
La pregunta aparece cada año y no es casual. En 2018, la Comisión Europea abrió un debate para eliminar los cambios estacionales. La mayoría de ciudadanos que participaron en la consulta apoyó la idea y España también se mostró favorable. El problema es que no hay acuerdo sobre qué horario dejar fijo: el de verano o el de invierno.
Mientras los países no se pongan de acuerdo, todo sigue igual. El BOE mantiene programados los cambios hasta 2026 así que el adelanto del 29 de marzo se aplicará como siempre, sin grandes novedades.
Galicia y la hora que vivimos: entre el sol, el meridiano y la historia
En Galicia, hablar de horarios siempre tiene un matiz especial. Aquí, más que en ningún otro lugar de España, se nota que vivimos en una hora que no encaja del todo con la luz que tenemos. Y no es una sensación: es una consecuencia directa de una decisión tomada hace más de ochenta años.
Por posición geográfica, España debería compartir huso horario con Portugal y Reino Unido. Nuestro meridiano natural es el de Greenwich, no el de Berlín. Sin embargo, en 1940, en plena Segunda Guerra Mundial, el Gobierno decidió adelantar una hora para alinearse con Alemania y con el resto de Europa Central. Aquella medida, pensada como algo temporal, nunca se corrigió. Desde entonces, vivimos con un horario que no coincide con el que marca el sol en nuestra longitud.
En Galicia esta diferencia se nota todavía más. El sol sale más tarde que en el resto del país y se pone también más tarde. En verano, las noches se alargan hasta casi las once; en invierno, las mañanas parecen no arrancar nunca. Quien vive aquí lo sabe bien, la luz tiene su propio ritmo y no siempre coincide con el del reloj.
Si utilizáramos el horario que nos corresponde por meridiano, nuestras rutinas encajarían de forma más natural con la luz del día. No es casual que, cada vez que se habla del futuro del cambio de hora, Galicia aparezca en el centro de la conversación. No se trata solo de adelantar o atrasar el reloj dos veces al año, sino de preguntarnos si vivimos en la hora que realmente nos corresponde.
El debate sigue abierto. Mientras tanto, la luz seguirá entrando por las ventanas cuando quiera, y nosotros seguiremos ajustando el reloj para intentar acompañarla.



