Hidroterapia: el agua como cura

Hidroterapia: el agua como cura

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“El médico cura, solo la naturaleza sana”. Hipócrates

La hidroterapia, el uso del agua para curar, es mucho más antigua que los balneum y thermas romanos. En HDOSO hacemos un recorrido por la historia del termalismo para rastrear cuándo empezó a usarse el agua como cura.

Que el agua es fuente de vida y salud lo tenemos claro. Al menos hoy. Pero en qué momento comenzó a entenderse la hidroterapia en su concepción más amplia (incluyendo la balneoterapia y talasoterapia) como un método terapeútico. Más allá de los baños de la antigua Roma, las culturas antiguas ya utilizaban el agua para tratar enfermedades y dolencias.

En la India, los libros sagrados Vedas y Manu se prescribe el agua para tratamiento de dolencias y en Persia perfeccionaron el sistema de baños, mientras en Egipto las aguas del Nilo eran adoradas por su capacidad de sanación. Algunos estudiosos van más allá y explican que el agua, desde los anales de la Historia, ha estado vinculada con deidades (en la caso de la consagración de fuentes minerales a la diosa Minerva) o con poderes sobrenaturales y referencian la existencia de monumentos megalíticos, dólmenes y petroglifos, en lugares próximos a determinados manantiales termales.

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Primeras referencias bibliográficas de la hidroterapia

Una de las primeras menciones sobre el uso del agua como curación se remonta a Hipócrates (siglo V aC) que no solo utilizaba el agua para reducir la fiebre y tratar enfermedades sino que recomendaba el baño a diferentes temperaturas: el agua fría para dolores musculares y el agua de mar para erupciones cutáneas. A este periodo corresponden las primeras referencias escritas sobre hidroterapia. Son los tratados “Liquidum uso” o “Tract. de aere, aquis et locis”. El mismo Pitágoras (535 aC) encabezó una orden que recomendaba el uso del agua fría y la dieta naturista. Será más tarde, cuando Plinio en su libro “Historia Natural” detalle las propiedades curativas de lo manantiales ferruginosos.

Plinio

Fueron, así lo vemos, griegos y romanos quienes elevaron la cultura popular (el uso mitificado del agua en diferentes estadios de la Historia) a ensayo científico. Las técnicas y estudios de griegos, primero, y romanos, luego, coincidían en buscar el equilibro del cuerpo a través del agua. Las aplicaciones más comunes eran dolores reumáticos.

La Edad Media trajo el olvido y no fue hasta el siglo XV y principios del XVI cuando se reinicia el uso de la hidroterapia. A finales del siglo XVIII los médicos Sigmund Hanh y Johann Hahn defendieron las aplicaciones de la hidroterapia como método preventivo y como tratamiento terapéutico de diversas enfermedades. La cura termal se combinaba con alimentación y ejercicio físico, recomendaciones que siguen hoy vigentes. No fueron los únicos, sin embargo, en continuar ahondando en el uso del agua como cura termal. En 1886, Sebastián Kneipp se convierte en un referente. Su libro “Mi cura de agua” fue solo la continuación a una labor de investigación sobre las curas de agua que inició en sus primeros años como teólogo e investigador. Kneipp describió cuatro beneficios del agua sobre el organismo: elimina los gérmenes del mal que existe en la sangre, separa y elimina las sustancias disueltas, restablece la circulación normal de la sangre y vigoriza el organismo.

La Fuente Santa en España

¿Y qué pasaba en España mientras Europa se plegaba al estudio del termalismo? En 1816, España regulaba la hidroterapia por medio de un Real Decreto, en el que se establecía que los baños más importantes del Reino debían contar con un profesor de hidroterapia y medicina, para indicar su correcta aplicación y uso. Mucho antes de esta fecha, y entendiendo España como un crisol de culturas (castrexos en el Norte, romanos, Al-Andalus más tarde y sefardíes), data un curioso hecho que demuestra cuándo comenzó a usarse en tierras hispanas el agua como cura. La Fuente Santa, en la isla de La Palma, fue descubierta y utilizada por sus primeros pobladores. Conquistado el territorio por la Corona de Castilla, la fama de las aguas se extendió. En el siglo XVII, enfermos de Europa y América visitaban la fuente por cuestiones de salud. Hasta tal punto eran reconocidas sus propiedades curativas, que se llegó a exportar en barriles hacia el Nuevo Mundo para tratar enfermedades como la lepra, la gota y la sífilis. En 1677, el volcán San Antonio sepultó la fuente que no fue rescatada hasta comienzos del siglo XXI.

El ser humano ha utilizado el agua como deidad, fuente de amparo y cura durante siglos. El uso popular se transformó en investigación científica y la Historia ha dado forma a la hidroterapia y el termalismo como fuente de salud física y mental.

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