Historia del termalismo: el origen de termas y balnearios

Historia del termalismo: el origen de termas y balnearios

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Hoy en día valoramos mucho el culto tanto al cuerpo como a la mente. Gimnasios, tratamientos de belleza, lugares para desconectar… Es primordial para nosotros tener nuestro espacio y liberar la mente del estrés del día a día y la rutina. Los balnearios son un buen lugar para dejar de lado todos los problemas y centrarnos en nosotros mismos. Además, son una fuente de tratamientos dedicados a la medicina. Pero, ¿desde cuándo utilizamos las aguas termales para nuestro beneficio?

Aunque es en la antigua Grecia donde se comenzaron a utilizar las aguas termales para uso de los ciudadanos, es en el año 25 antes de Cristo cuando el emperador Agripa, diseñó y creó en Roma las primeras grandes termas de origen público, aunque los romanos ya utilizaban las aguas termales desde hacía doscientos años. Al principio estas casas de baño solían ser de carácter vecinal y se extendían a lo largo de las ciudades en pequeños edificios comunitarios. Esos primeros baños públicos fueron llamados ‘balneas termas’. Había ya entonces una diferenciación entre espacios de baño privados, llamados balmes o balneum y los espacios públicos, denominados thermae o therma.

Desde Agripa, todos los emperadores posteriores tuvieron entre sus planes sociales construir grandes casas de baño. Se estableció una especie de competición por ver cuál hacía los baños públicos más lujosos. La intención de todos los emperadores era que las casas de baño fueran un lugar al que acudiera la mayor cantidad de gente posible, por eso los precios eran muy bajos y, en algunos casos, incluso gratuitos. Los balnearios eran entonces una gran ‘plaza pública’ en la que se reunían personas de todas las clases sociales y en donde se trataban temas de carácter social y político.

Historia del termalismo: uso de los grandes balnearios

Ya entonces había un uso eficaz de estas casas de baño. Al ingresar se dejaban las ropas en una especie de vestuario y, completamente desnudos, se accedía a las denominadas tepidaruim, salas con aguas tibias. Después se pasaba a las caldarium, que eran las piletas con aguas calientes. Allí era donde se realizaban también rituales de limpieza. No se utilizaba ningún tipo de jabón, tan sólo unos aceites esenciales para limpiar el cuerpo. Posteriormente se pasaban a las denominadas frigidarium. Este tipo de piletas eran más grandes porque se utilizaban también para nada, al estilo de grandes piscinas. Estos balnearios no estaban únicamente dirigidos a la inmersión en aguas termales. Contaban también con salas de masajes, salas de juegos y salas de tratamientos para la piel. No es algo muy diferente a cómo se ven los balnearios en nuestros días.

Los balnearios abrían sus puertas hacia el mediodía y cerraban con la puesta del sol. Había estancias diferentes para hombres y mujeres pero, si no era el caso, se establecían unos horarios diferentes. Una vez al año, las grandes termas eran abiertas gratuitamente a toda clase de gente, como signo de generosidad por parte del emperador.

Historia del termalismo

Antigua Roma: Termas de Caracalla y termas Diocleciano

Las ruinas de las termas de Caracalla, en Roma, son el ejemplo de la espectacular visión de los antiguos romanos de estos lugares de reunión. Construidas e inauguradas en el año 216, tenían una capacidad para mil seiscientos usuarios. Son una de las más suntuosas y también una de las mejor preparadas termas de las que tenemos constancia. Son también un ejemplo arquitectónico de gran calado. Contaban con sistemas efectivos de abastecimiento (los romanos fueron conocidos por sus intrincado sistemas de alcantarillado y abastecimiento de agua), calefacción y desagüe.

Estuvieron en funcionamiento alrededor de trescientos años y dejaron de utilizarse en el 537 cuando los bárbaros destruyeron los acueductos a través de los cuales se abastecían de agua. Sus reliquias – pinturas y esculturas – fueron saqueadas y para colmo alrededor del  año 800 un terremoto terminó por destruir esta construcción, de la que tan sólo quedan las ruinas.

Otro de los ejemplos de grandes termas de la antigüedad a tener en cuenta es el que se refiere a las termas de Diocleciano, también en Roma. Con capacidad para tres mil usuarios es una de las más conocidas que, si bien supera en tamaño a las de Caracalla, no lo hace en esplendor. Ladrillo, mármol y estuco recubrían interior y exterior de un edificio donde destacan la riqueza de mosaicos de sus suelos. Tenemos referencia de su estructura porque parte de ellas fueron utilizadas como base para iglesias. Actualmente se levanta a sus pies la Basílica de Santa Maria degli Angeli e dei Martiri (zona que correspondía a la del tepidarium; la iglesia de San Bernardo alle Terme, en las salas circulares y parte del Museo Nacional Romano. Las termas tenían una orientación hacia el sudoeste para que el sol calentara naturalmente el caldarium sin afectar a la zona del frigidarium.

Todavía hoy en día, a lo largo de toda Europa, muchas de las explotaciones termales a las que asistimos asiduamente comenzaron a funcionar en la antigüedad. La toponimia actual también hacer referencia a estos lugares en los que los romanos dejaron su huella termal.

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